La Naturalización Del Racismo En Gran Parte De Latinoamérica

La naturalización del racismo en gran parte de Latinoamérica

Por Jonh Jak Becerra

Cuando el racismo antinegro se vuelve cotidiano y deja de cuestionarse

Empiezo este artículo desde una herida que no ha cerrado. No escribo desde la abstracción ni desde la comodidad del análisis distante; escribo desde la experiencia viva de quienes habitamos una región que aprendió a convivir con el racismo como si fuera parte del paisaje. El racismo antinegro en América Latina y en Iberoamérica no siempre grita, no siempre se exhibe con violencia explícita; muchas veces se presenta con el rostro amable de la normalidad, con el tono banal de lo cotidiano, con la certeza arrogante de quien nunca ha tenido que explicar por qué su humanidad debe ser respetada.

Hablo a propósito de lo ocurrido en Río de Janeiro, Brasil, en enero de 2026. No para verificar hechos ni para hacer de cronista judicial, sino para pensar lo que este episodio revela sobre nosotros como región. Una joven blanca, argentina, abogada e influencer, fue imputada por injuria racial tras un altercado en un bar de Ipanema. El conflicto, según se difundió, comenzó por una discusión sobre el pago de una cuenta. Hasta ahí, un desacuerdo común. Lo que vino después no fue un exceso momentáneo, sino la expresión descarnada de un racismo aprendido, naturalizado y socialmente tolerado.

Durante la discusión, esta mujer recurrió a gestos de gorila e insultos dirigidos a un trabajador negro afrobrasileño. Ese gesto —aparentemente simple, aparentemente “impulsivo”— condensa siglos de deshumanización. La animalización de las personas negras no es una anécdota ni un insulto aislado: es un dispositivo histórico que ha servido para justificar la opresión, el control y la negación de derechos. Compararnos con animales ha sido una estrategia eficaz para borrar nuestra condición humana y, con ello, hacer aceptable la violencia que se ejerce sobre nuestras vidas.

Nada de esto ocurre en el vacío. Argentina, como muchos países de la región, carga una historia profunda de esclavización, exterminio simbólico y negación de la presencia negra. Recordemos cuando un expresidente afirmó que en su país “no había negros”. Esa negación también es violencia. Es una forma de borramiento que permite sostener la fantasía de una nación blanca, europea, civilizada, mientras el racismo se ejerce sin culpa y sin consecuencias. En gran parte de América Latina, el racismo es tan común que señalarlo genera incomodidad; quien lo denuncia es acusado de exagerado, resentido o acomplejado. La frase se repite como coartada moral: “en Estados Unidos sí hay racismo de verdad”. Así se evade la responsabilidad de reconocer nuestras propias jerarquías raciales.

En esa pirámide no escrita, pero perfectamente operativa, los pueblos negros e indígenas seguimos ubicados en la base, asociados a la marginalidad, la sospecha y la carencia; mientras que la blanquitud —o su aspiración mestiza— se sitúa en la cúspide, revestida de legitimidad y poder. Esta estructura no necesita leyes explícitas para funcionar; se reproduce en los gestos, en los chistes, en las excusas, en el silencio cómplice. Por eso, cuando el racismo se sanciona, como ocurrió en Brasil, aparecen las reacciones defensivas: las lágrimas blancas, los pedidos de disculpas vacías, los intentos de justificar lo injustificable.

En el caso de Río, no faltaron quienes minimizaron el hecho: que fue exagerado, que bastaba con pedir perdón, que la agresora también fue víctima, que todo es una conspiración por su nacionalidad. Otros, más honestos, admitieron que en Argentina ser racista no suele tener consecuencias. Esa admisión, lejos de ser una crítica profunda, suele presentarse como una normalidad asumida. El mensaje es claro: el problema no es el racismo, sino que alguien se atreva a sancionarlo.

Brasil, con todas sus contradicciones, ha avanzado en una política de cero tolerancia frente al racismo explícito. Allí, el racismo no ha desaparecido; se ha transformado, se ha vuelto más velado, más cuidadoso. La diferencia es que existe un marco legal que lo nombra como delito grave. La reforma legal de 2023, que equipara la injuria racial al delito de racismo, envía un mensaje contundente: la deshumanización no es una opinión ni un error cultural, es una agresión contra la dignidad humana y contra el orden democrático.

Este contraste deja al desnudo a países como Colombia, donde el racismo antinegro sigue siendo estructural y, en muchos casos, jurídicamente minimizado. La ley existe, pero carece de dientes. No hay sanción social, no hay castigo efectivo, no hay voluntad política suficiente. Y mientras tanto, se insiste en que el problema es exagerado, que hay asuntos más urgentes, que la pobreza es igual para todos. Se olvida —o se niega— que la desigualdad tiene color, historia y jerarquía.

Lo ocurrido en Río reabrió un debate incómodo para América Latina: ¿por qué nos cuesta tanto asumir que el racismo no es una herencia superada, sino una práctica viva? ¿Por qué preferimos hablar de armonía racial antes que de justicia racial? Desnaturalizar el racismo implica romper con esa comodidad, incomodar al privilegio, desmontar la idea de que todo puede resolverse con disculpas simbólicas.

La lucha contra el racismo no se agota en el castigo penal, pero tampoco puede prescindir de él. Se requieren acciones afirmativas, políticas públicas concretas, transformaciones estructurales que reduzcan las brechas creadas por siglos de exclusión. Acceso real al empleo digno, a la educación, a la salud, a la participación política. Porque hay una verdad que incomoda, pero que debemos repetir: no puede haber justicia social sin justicia racial. Mientras el racismo siga siendo normal, seguirá siendo letal. Y mientras siga siendo tolerado, seguirá reproduciéndose como una herida abierta en el corazón de nuestra región.

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